Actualizada: 02/09/2004 09:24:21            

Home Esta usted en:  Historia y patrimonio >> Oficios y economías tradicionales >> Ingenios azucareros >> La mano de obra  
 

     

   

La zafra de la molienda y elaboración del edulcorante solía durar de enero a junio. Para hacer frente a las complejas y delicadas faenas del prensado, molienda y cocción, se contaba con numerosos maestros de azúcar: templadores, mayordomos, almocrebes o contratistas del transporte, refinadores, cocedores, moledores, lealdadores, purgadores y espumeros, entre los más significativos.  

Como se puede ver, la división del trabajo encaminada a mejorar la calidad y el rendimiento ya se había instaurado en estas industrias del siglo XVI. En efecto, las especialidades están bien especificadas y representadas por hombres habilidosos, que, después de un aprendizaje más o menos largo, llegaban a adquirir una gran destreza en su oficio.

Desde un principio la dirección técnica estaba bajo control de los portugueses venidos desde Madera, que se trasladaron a trabajar a Canarias.

Para ejercer el oficio de maestro había que haber aprendido las artes y luego pasar delante de un tribunal formado por dos personas «veedores», señaladas por la justicia y regimiento (ayuntamiento, concejo y cabildo), en compañía de los diputados y el escribano del Cabildo cual daba fe del examen y de sus resultados.

Las normas en vigor impedían ejercer más de un oficio, penalizándose a los incumplidores con multas muy gravosas de hasta. 5.000 maravedíes.

Como bien se puede colegir, las sanciones se imponían a todos aquellos que hicieran caso omiso o vulnerasen las Ordenanzas vigentes, amonestándoseles severísimamente.

Cada año, al iniciarse la zafra, los maestros purgadores, refinadores y espumeros, estaban obligados a prestar juramento de sus cargos en el Cabildo. En dicho juramento se comprometían a que las mieles no fueran hurtadas y a que no se hicieran fraudes a la hora de declarar las cifras totales de azúcar refinado.

a) Los «cañavereros»  

Es la persona encargada de realizar los trabajos relacionados con la buena productividad de la cosecha. Su trabajo consistía, fundamentalmente, en cavar y escardar, de esta manera se removía la tierra lo que permitía una mayor productividad y fertilidad del terreno, sobre todo en ausencia de los abonos, aunque en ocasiones se utilizaba la palomina para tal efecto, sin olvidar las continuas podas que la planta necesitara. También estaba obligado a dar a las cañas las regaduras necesarias. Pero los trabajos a realizar no se reducían al cuidado de la cosecha, pues el cañaverero se comprometía igualmente a proteger los cañaverales ante cualquier peligro proveniente de las plagas de ratones y conejos que con frecuencia asolaban este tipo de planta. Por ello, en el contrato establecido entre ambas partes —propietario del terreno y cañaverero— se incluía la obligación que éste tenía de armar trampas a los ratones, así como la utilización de venenos especiales para su eliminación.

El cañaverero trabaja asistido por otras personas, ya fuesen hombres libres o esclavos, pero en todo caso el mantenimiento de los mismos corría a cargo del propietario del terreno.

En el contrato ante escribano público entre cañaverero y dueño del cañaveral se establecían: las obligaciones del primero, el tiempo de duración del contrato y el salario que habría de percibir por su trabajo. En cuanto al primer punto no existía una regla general, pero como mínimo el contrato duraba dos años, es decir, el tiempo que tardaba en crecer una cosecha. Con relación al salario recibía un tanto por ciento de la cosecha. El porcentaje a recibir dependía en gran medida de las condiciones de trabajo a que estaba obligado el cañaverero, sin embargo podemos afirmar que en el primer cuarto del siglo oscilaba entre el 2 y 3% de la producción total; pero a partir de los años 30 el porcentaje aumenta hasta colocarse en el 10 o 12%. Además el cañaverero recibía cada mes una cantidad de cereales para su mantenimiento y el dinero necesario para su sustentación durante el tiempo que durase el trabajo. Esta cantidad en dinero y en especie es igualmente recibida por aquellos trabajadores que le asistían en las labores de la cura de los cañaverales.

Aunque el salario que habría de recibir el cañaverero por su trabajo quedaba estipulado de antemano en el contrato, en ocasiones era puesto a revisión, fundamentalmente por parte del cañaverero, quien una vez comenzado a desempeñar sus funciones no estaba de acuerdo con la relación existente entre trabajo-salario.

Para asegurarse el dueño del cañaveral que los trabajos realizados en las plantaciones serían siempre en beneficio de la cosecha, en el mismo contrato se recogía la obligación que habría de tener el cañaverero en correr con los gastos que pudiera ocasionarse por algún descuido en la cura de la planta.

Aparte de las cláusulas especificadas en el contrato de trabajo también existían las normas que para este oficio establecían las Ordenanzas de la Isla. En este sentido debemos señalar las diferencias de contenido con respecto a las existentes para el mismo trabajo en Gran Canaria; en esta isla existe especial atención a la manera como el cañaverero habría de ejercer su trabajo en cambio, en Tenerife la atención va dirigida a la protección del cultivo en sí, al referirse a Los peligros que podrían provenirle por causa de fuego o incluso castigos a los que osaran el robo de la planta. También en el punto referente a la cantidad de tierras que un cañaverero podría tener a su cargo no existe homogeneidad entre las dos islas. En Gran Canaria, las ordenanzas prohíben al cañaverero hacerse cargo de más de 2 suertes de cañas, como una medida para asegurar la buena calidad de la cosecha; en cambio la documentación notarial de Tenerife nos evidencia la presencia de cañavereros que tienen a su cargo hasta 5 suertes. Si bien en las ordenanzas de Tenerife no existe ningún capítulo referente a este punto, hay que tener en cuenta que, aunque en Gran Canaria estuviese reglamentado, con frecuencia eran muy distintas las normas dictadas a la práctica realizada. Por otro lado la suerte hace referencia a pedazos de tierra deslindados y varia la extensión de los mismos.

Los utensilios de trabajo utilizados por el cañaverero para desempeñar su oficio son: azadas, rozaderas, escardillas, latas y losas para los ratones. Instrumentos aportados por el contratante, en tanto que al cañaverero lo podemos incluir dentro del personal asalariado, por cuenta ajena sin instrumento de trabajo propio.  

b) Los «desburgadores»

El servicio del cañaverero finaliza cuando la cosecha está lista para la recolección. Es en este momento cuando se contrata los servicios de una persona encargada de preparar la caña para la molienda, es decir, el desburgador. Tenía que ser una persona conocedora de la técnica a seguir en el momento de corte de la caña. El sistema era un corte limpio que permitiera a la planta volver a retoñar, por lo que estaba terminantemente prohibido arrancarla. Las ordenanzas penalizaban con 600 mrs. a los desburgadores que no utilizaran perfectamente la técnica del corte, y también establecían la obligación de utilizar el puñal como instrumento de trabajo. Otro elemento utilizado para el corte de la caña es el podón que al igual que los otros elementos de trabajo era aportado por el dueño del cañaveral.  

El reclutamiento de las personas que tenían que asistir al desburgador en sus tareas corría a cargo de éste, pues estaba obligado el especialista a vigilar la forma en que el trabajo era realizado.

Todas las normativas a seguir por el contratante como por el personal contratado se recogían en documento público otorgado ante escribano, donde además se especificaba tiempo y salario. El tiempo del contrato se establecía por zafras, durante el mismo el desburgador estaba obligado a tener preparada cada día caña suficiente para la molienda de 8 calderas. Esta era la medida utilizada para calcular el trabajo realizado por el desburgador. Así podemos observar que el salario se establecía en relación a las caldera que se hiciesen con las cañas entregadas. Oscilaba entre 1 y 2 mrs. por caldera. Si tenemos en cuenta que en los contratos se recogía la obligación que había de tener el desburgador de entregar cañas suficientes para moler, como mínimo 8 calderas diarias, el sueldo se colocaba en 14 o 16 mrs. diarios, como mínimo.

Fruto de la limpieza de las cañas, procedía el cogollo, es decir, las hojas y puntas que eran inservibles. Para evitar negocios por parte del desburgador, las ordenanzas prohibían su venta siempre que no contara con permiso del dueño del cañaveral 50. En realidad el cogollo se utilizaba, preferentemente como alimento de animales, y más especialmente de los caballos.

Una vez las cañas limpias, éstas se amarraban en haces y estaba obligado el desburgador a dejarlas depositadas en el terreno del cañaveral, a la espera del almocrebe, encargado de trasladarlas hasta el ingenio.

Al igual que para el caso del cañaverero, también en esta ocasión el desburgador corría con todos los perjuicios que le vinieran al dueño de las cañas, por una mala labor o incluso por la falta de caña para moler.

c) Los «lealdadores»

El control de la calidad se verificaba, además, por medio de la figura del lealdador de azúcar -persona seleccionada atendiendo a su honradez y conocimiento del oficio- cuyo papel era esencial en la inspección del producto. En cada ingenio, de quince en quince días, poco mas o menos, los lealdadores debían presentarse y quebrar ante escribano todos aquellos azúcares que contuvieran impurezas o no reunieran las condiciones indispensables. Esté oficio estaba financiado por los propios Cabildos con asignaciones que se detraían de las multas impuestas a los infractores.  

d) Los «almocrebes»

El almocreb era el dueño de varias bestias de carga -única modalidad de transporte por tierra en aquella época- y jefe de los correspondientes arrieros. Su papel era fundamental, ya que garantizaba el transporte de los azúcares desde sus centros de fabricación hasta los puertos y mercados isleños para su venta. Pero también era el responsable de conducir las cañamieles desde las fincas hasta los ingenios, así como transportar los haces de leña que, en grandes cantidades, demandaban las industrias.  

La leña preferida era la procurada por el laurel, granadillo y acebuche, y se utilizaba tanto para la construcción de embalajes de panes de azúcar y demás artilugios del ingenio, como para alimentar el fuego imprescindible en la cocción de los zumos. La leña era, por lo general, cortada y transportada desde las montañas más próximas hasta las fábricas, donde se almacenaba en unos cuartos especiales.

Las modalidades de contratos que solían pactar los señores de los ingenios con los almocrebes eran muy diversos. Los había que fijaban el precio de cada carga en una determinada cantidad de maravedíes, otros preferían tasar el servicio acordado un real de plata por animal y día de trabajo.

e) El «mayordomo de cañaverales»

Era la persona encargada de vigilar todos los trabajos que se realizaban en las tierras dedicadas a cañas. Su oficio le obligaba a llevar libros de cuentas donde anotar las entradas y salidas, además de coordinar todos los trabajos realizados en el campo, desde el cañaverero hasta el almocrebe. Como última finalidad era la de tener la cosecha preparada para cada molienda. Su salario era cobrado en numerario, y variaba según las cláusulas del contrato así como la época en que éste se realizaba.

Hay que tener en cuenta que este mayordomo sólo existe cuando el dueño del cañaveral no cuenta con ingenio, pues en caso contrario el mayordomo de la hacienda se encarga de la vigilancia de los trabajos realizados, tanto en la zona de elaboración del producto —ingenio- como en la plantación.

f) Otros especialistas

Asimismo se desorrollaba en los ingenios una serie de trabajos auxiliares ejercidos por personal cualificado, pero ajeno a los mismos. Tales eran los carpinteros que se encargaban de la fabricación de las diferentes piezas de la maquinaria, tales como ruedas, prensas, ejes, embalajes, etc.

Los albañiles se ocupaban de la edificación y mantenimiento o conservación de las casas del ingenio.

Todo lo relativo a herrajes y construcción de útiles metálicos corría a cargo de los herreros Es decir, que existían una serie de actividades más o menos fijas que exigían la presencia de un cierto número de artesanos.

g) Los esclavos y los salarios

Al lado de los mencionados especialistas, de condición libre, estaban también los esclavos, cuyo número fue ciertamente relevante. Se adquirían a los mercaderes castellanos o portugueses que los vendían en las Islas a precios que oscilaban entre los trece y quince mil maravedíes. Estas inversiones iniciales eran pronto amortizadas merced a su alta rentabilidad en trabajos meramente mecánicos, para los cuales se adaptaban fácilmente. Los esclavos constituían una mano de obra necesaria y barata en las tareas de las plantaciones e ingenios.  

A los dueños de los trapiches les estaba recomendado no abonar en azúcar los servicios prestados por los jornaleros y oficiales, sino en numerario o en otra modalidad a convenir entre las partes. Al parecer con ello se trataba de evitar la especulación y el mercado negro de azúcar.  

Los sueldos que se pagaban a los operarios eran muy variados. El mayordomo del ingenio cobraba unas sesenta doblas de oro al año, más las comisiones correspondientes si las ventas resultaban gananciosas. El salario podía también deducirse a porcentaje sobre el montante total de la producción. Así, pues, un maestro de ingenio ganaba el 6 por cierto de las arrobas que se fabricasen.

Los oficiales cobraban cantidades que oscilaban entre los 1.250 y los 1.750 maravedíes mensuales. A los aprendices les pagaba el propio oficial, correspondiéndole la alimentación al señor del ingenio.

A fin de evitar fraudes de todo tipo, existía un control muy estricto sobre las pesas. En cada ingenio tenían que estar expuestas las pesas fieles, es decir, pesas marcadas de hierro de una o mas arrobas.

 

 

Copyright © 1998-2004 Pedro A. Báez Díaz. Todos los derechos reservados.