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Cucalón: entrada al pueblo

 

 

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Acontecimientos más notables en este siglo

Detalle

 

2 El trabajo y los oficios

- El trabajo
- Los oficios

. El herrero
. El molinero y el hornero
. El carretero y carpintero
. El alguacil y pregonero
. El cartero
. El sacristán
. El cortante
. El esquilador
. El barbero
. El caminero
. El pelaire, sastre, zapatero...
. Los ambulantes: hojalatero, estañador y
        paragüero, capador, afilador, fabricante de
        fideos, comediantes...



EL TRABAJO

El trabajo diario, para los que no tenían un oficio que eran la mayoría, era exclusivamente agrícola o ganadero. Las herramientas que se usaban en las labores del campo eran todavía de Horcas, sogas, capazos, cinchas... lo más rudimentario, lo cual hacía la labor más dura y penosa. Aún se utilizaban los arados romanos de madera, en los que sólo era de hierro la reja y casi todas las tareas se hacían a mano, ayudados con caballerías, burros y vacas.

 No habían llegado los abonos químicos, por lo que el único utilizado era el estiércol, más conocido como fiemo, pero al no existir en abundancia, las tierras ya de por sí pobres por naturaleza,  a pesar de practicarse el barbecho, es decir, el año y vez, estaban esquilmadas por las cosechas y producían muy poco. 

Todo el año había trabajo, siempre duro, mas era en la época de la recolección cuando se necesitaban muchos jornaleros para la recogida de los cereales tan necesarios, ya que se trataba de la principal riqueza. Desde que se iniciaba la siega con hoces o "dallas", hasta que el trigo se almacenaba en los graneros, pasaba poco tiempo y era preciso trabajar muchas horas todas las personas de la casa, para poder realizar las tareas a su tiempo, antes que una climatología adversa arruinase el trabajo de todo un año y una buena parte de la subsistencia del siguiente. Por tanto, las familias solían ser bastante numerosas y todos los miembros de ellas se necesitaban en el trabajo. Incluso los niños abandonaban la escuela a los pocos años para ayudar en algunos muy específicos, reservados a ellos casi en exclusiva. Algunos hombres se iban a la recolección a la Hoya de Huesca o a los Monegros y allí ganaban un complemento que muchas veces servía para resolver la precaria economía familiar.

En la década de los sesenta algunas familias fueron a Francia a trabajar en la remolacha y en las viñas. Todo era preciso. Había que ganar dinero a costa de las dificultades que llevaba la emigración y el sufrimiento que suponía la separación temporal de la familia.

Ahora, sobre todo en el último cuarto de siglo, las cosas han cambiado. Son las máquinas las que actúan y sobra personal. Se realizan las tareas en poco tiempo y el rendimiento es, extraordinariamente, mayor.

Cucalón, pueblo que pasó de los quinientos habitantes, hoy no llegan a los cien. Quedan pocos y la mayoría son jubilados.

LOS OFICIOS

El Fuero de Teruel nos da una información muy interesante sobre los oficios que se desempeñaban en los siglos XII y XIII. En él ya se legisla sobre los de pastores de vacas y ovejas, rabadanes, cabañeros, vaquerizos, cabreros, boyeros, porquerizos, duleros, exeas (eran los que transportaban las mercancías de un lugar a otro y a su cargo estaban los arrieros), horneros, hortelanos, mesegueros (los que cuidaban los sembrados y protegían las mieses), plateros y orfebres, zapateros, pellejeros, sastres, tejedores, bataneros, vinateros, leñadores, ladrilleros y tejeros, olleros, carniceros, pescaderos, mercaderes y revendedores.
Esta enumeración puede servirnos de guía para nuestro pueblo, aunque la mayor parte de ellos  han desaparecido, al faltar las necesidades que los crearon. 

El herrero
Este oficio, por su trato con el fuego y el hierro, siempre ha tenido a través de las distintas civilizaciones, una cierta connotación esotérica, hasta el punto de hacer decir a ciertos autores de temas herméticos, que los herreros son los descendientes de Caín que se esparcieron por toda la tierra, dando origen a la edad de los metales, como únicos conocedores de este arcano. Dentro de la cultura anglosajona es considerado como un oficio de los malditos, de ahí que herrero se traduce en inglés como "blacksmith".
Independientemente de este mito, bien es verdad que la fragua siempre ha sido un punto de atracción para los mayores, pero principalmente para los niños. Todavía recuerdo el  acompasado tintineo del martillo al golpear sobre el hierro candente apoyado en el yunque y las chispas que se desprendían y se volatilizaban en el aire al poco de salir. Y el ronco gorgoteo que producía el rojo hierro al ser introducido en el agua, para su temple y enfriamiento. Cuentan las leyendas, que los romanos se sorprendieron cuando conquistaron Hispania de que las espadas de los celtíberos eran más fuertes que las suyas y esto era debido a que sus herreros las templaban, cuando estaban al rojo, introduciéndolas en los cuerpos de sus prisioneros.
En nuestro caso, sólo nos ha quedado el edificio de la fragua como único testimonio de lo que antecede y cuando pasamos junto a ella, todavía nos imaginamos colgados en la pared de dentro aquellos manojos de medias cañas, con muescas marcadas a fuego, que recordaban a cada vecino los trabajos realizados y pendientes de pago. Era la sencilla contabilidad que nunca le fallaba al tio Valero, el último representante que tuvimos de este oficio.  La mecanización del campo originó su desaparición, tal como sucedió con otros oficios, pues ya no había caballerías para herrar, barrones para aguzar, ni aladros para cambiarles la reja.

El molinero y el hornero
Aunque nos alarguemos en este punto un poco más de lo previsto, vamos a precisar sus funciones explicando para los jóvenes cómo hacían sus madres o abuelas el pan que se comía diariamente y que hoy llamamos artesano.

La fabricación del pan en el medio rural aragonés y más específicamente en la comarca del Campo de Romanos o Comunidad de Daroca al menos hasta la década de los años 60, se realizó por el mismo procedimiento empleado a lo largo de sus vidas por todas las generaciones que habitaron esta zona. Incluso para la realización de las partes que se pueden considerar más industriales, como el molino, el torno de cerner o el horno de cocer y que hubieran sido propicias a alguna innovación, creo que eran tan rudimentarias en las fechas que yo las conocí, como lo serían durante varias centurias anteriores.

En esta ocupación de fabricar el pan, como en casi todas las más elementales dedicadas a la subsistencia, intervenían cada uno de los miembros de la unidad familiar, en función de su edad, sexo y fortaleza. Había una parte de trabajo duro y cotidiano y otra de ritual, en el que la mujer, generalmente joven, oficiaba de alquimista y hechicera para darle al pan con su toque personal el color, sabor y contextura que había de tener como obra finalizada y elemento básico en la alimentación diaria de una familia. Y este sello, además del externo en cuanto a formas y dibujos, diferenciaba los panes de unas casas a otras.

El proceso fase a fase, era el siguiente:

Moler el trigo.
Cucalón: ruinas del Cubo del Molino Alto.
El molinero era aquél joven enharinado que hacía rodar la muela volandera sobre la solera transformando los granos en harina. Recorría la acequia al ponerse el sol tapando todos los "aguateles" para que el agua llegase sin pérdidas a las balsas de los molinos. Aquí había dos: el Alto y el Bajo. Por las mañanas los ponía en marcha y los agricultores podían regar sus fincas.
Para ampliar estos datos podemos leer el magnífico artículo titulado El pan y su influencia en Aragón, por Rafael Montal Montesa (Cuadernos de Aragón nº 24, Institución Fernando el Católico (C.S.I.C.), Zaragoza, 1997) y que aparece casi completo en otro lugar de este trabajo.
En la página 113 ("Conociendo de cerca un molino y un horno.- Un día moliendo en Cucalón") nos indica que los datos para este apartado se los ha facilitado muy amablemente el último molinero de Cucalón, Joaquín López Crespo, "artesano ejemplar de la molinería desde 1940, cuando Cucalón contaba con más de 170 familias, hasta 1960".
En otro párrafo dice que "un día normal de los comprendidos entre los meses de Diciembre a Marzo, era de un trabajo continuo; durante las 24 horas del día no se descansaba, ya que los caudales de agua eran lo suficientemente importantes para no dejar de moler. El trabajo se hacía distinto el resto del año, donde generalmente solo se molía de 6 a 8 de la mañana y de 6 a 8 de la tarde, tiempo que duraba el vaciado de las balsas de agua.
El molino situado en las afueras del pueblo, lo regentaban los miembros de una misma familia en régimen de alquiler, satisfaciendo la cantidad de 300 pesetas en los años cuarenta".

A su vez el molinero cobraba por "realizar el trabajo de moler, bien cuatro kilos de grano por saco de 70 Kg., o cuatro pesetas por saco, fórmula comercial menos frecuente".
En otro párrafo confiesa Joaquín que en aquella época se molía:

"Trigo: para elaborar pan.
Garbanzos: para alimento de personas.
Maíz blanco: para cocinar las gachas.
Centeno: para alimento de personas y cerdos.
Almorta: para alimento de personas y cerdos.
Avena: para alimento de cerdos.
Cebada para alimento de cerdos.
Guijones: para alimento de cerdos.
Yeros: para alimento de ganado vacuno.
Braza: para alimento de ganado vacuno.
Lenteja negra: para alimento de ganado vacuno"
.

En la actualidad el Molino Alto está derruido y las balsas cegadas por la maleza. El Molino Bajo ha sido adaptado como vivienda y destinado a residencia de verano por sus propietarios.

Cerner.
Dice la R.A.E. que cerner es "eparar con el cedazo la harina del salvado, o cualquier otra materia reducida a polvo, de suerte que lo más grueso quede sobre la tela, y lo sutil caiga al sitio destinado para recogerlo".
Pues bien, la víspera del día que se va a amasar, se efectúa el cernido de la harina, bien con el torno, en las casas que lo había o bien directamente con el cedazo sobre la misma artesa.
Si se usaba el torno, la harina se echaba por la boca con un capazo y mediante la manivela se cernía, cayendo en tres compartimentos: el salvado grueso, para los tocinos, gallinas o animales en general, el salvado del segundo cajón igualmente para los animales y el salvado fino o tercerilla para usos domésticos, tales como para mezclarlo en las farinetas, o para echarlo en la panera con el fin de que no se pegara la masa. La flor de la harina para pan, caía dentro de la artesa.
En el caso de usar el cedazo, la harina caía directamente en la artesa y se separaba el salvado, manualmente, para los usos indicados.
Era un trabajo propiamente femenino y más bien de viejas, aunque se quisiera aparentar lo contrario, por cuanto no se necesitaba de un esfuerzo desmesurado. Esta coplilla lo dice todo:

Mi madre cierne
y yo m'enfarino
p'aque digan los mozos
que yo he cernido.

Posteriormente, cuando la harina era de fábrica y no del molino, ya no se precisaba cerner.

Hacer la levadura.
Sobre las siete o las ocho de la noche se preparaba la levadura, a partir del creciento, que era un puñado de masa procedente de la última amasadura y que se guardaba en una cazuela. Algunas veces se conservaban para este fin las raspaduras de masa que quedaban en los maseros. El "creciento" no debía ser excesivamente viejo, ya que se formaba a veces una costra en la parte exterior de la masa que lo hacía difícilmente aprovechable si el contenido estaba demasiado reseco. Era norma habitual pedirlo a los parientes o vecinos, para que fuera lo más reciente posible, pues incluso la palabra "creciento" había derivado en la de "reciento", para dar a entender la importancia que tenía que este fermento estuviera en las mejores condiciones posibles.
Por tanto, esta masa fermentada se vertía en un lado de la artesa y mediante un puchero de agua templada, añadiendo la harina adecuada, se amasaba para formar la primera levadura, sobre la que se iba a realizar el resto de la amasada. Este pequeño montón de masa, se tapaba con algún paño o con el propio tape de la artesa y se dejaba fermentar durante seis o siete horas.

Amasar.
Sobre la una y media o dos de la madrugada, se inspeccionaba la levadura y si ya estaba en su punto, se procedía a amasar. Previamente se preparaban cinco o seis litros de agua caliente, dependiendo de la cantidad de pan que se deseaba hacer. Lo normal era elaborar el suficiente para ocho o diez días, según el número de componentes de la familia, con la finalidad de que durase el mayor número de días posible pero sin llegar a florecerse.
Teniendo en cuenta que tenemos la levadura en un lado de la artesa y el resto de ella está llena de harina, se vuelca el primer puchero de agua tibia sobre la levadura, se añade la harina correspondiente y se empieza a amasar con las manos. El resto, dependiendo de la cantidad de masa que se desee, consiste en ir añadiendo agua y harina y amasando constantemente, diluyendo en el último puchero de agua la sal correspondiente al gusto de cada familia. Este trabajo duraba unas dos horas.
Al terminar de amasar, se preparaba una cesta poniendo en el fondo las marreguillas de lana y encima los maseros de lienzo, de forma que cuelgue lo sobrante por fuera de la cesta para la ulterior envoltura de la masa. Se echaba la masa sobre los maseros y se envolvía con ellos en primer lugar, para hacerlo posteriormente con las marreguillas como última capa del envoltorio. Se dejaba reposar durante varias horas en el banco de la cocina, e incluso en un cobertizo al calor de los animales, hasta que la masa hubiera subido lo suficiente para llevarla al horno. Para comprobarlo, se hacía un hoyo en la masa con los puños y cuando éste subía hasta recuperarse, significaba que ya estaba preparada.

El horno
El horno era de propiedad pública y lo administraba el Ayuntamiento sacando su aprovechamiento a subasta anual al mejor postor. Era normal que acudieran a la subasta las familias más humildes, generalmente con muchos hijos y pocas tierras, con el fin de asegurarse el suministro de pan para el año. Como normalmente eran siempre las mismas familias quienes lo administraban, poseían una gran experiencia en la profesión.
El hornero era el encargado de su mantenimiento para lo que era necesario limpiarlo, sacando las cenizas del día anterior, encenderlo, poniendo las lumbreras al anochecer, quemando la leña que tenía preparada y sostenerlo sin apagar conservando la temperatura adecuada en las primeras horas de la mañana, cuando empezaban a acudir a cocer las amasadoras que hubiera ese día. Para no perder calorías, una vez bajada la puerta de la boca del horno que caía como una tajadera accionada por una palanca, taponaba con cenizas amasadas todas las grietas e intersticios que quedaban.
Por este trabajo cobraba a razón de un pan por cada treinta cocidos, o la proporción correspondiente cuando no eran cantidades exactas. Estos panes eran conocidos como poyas (R.A.E.: Derecho que se pagaba en pan o en dinero, en el horno común). 
El suministro de leña al horno, se hacía por turno entre los vecinos, de forma que cada día le tocaba a una familia hacer el acopio de la leña correspondiente, la calda, que almacenaba durante la tarde del día anterior en un espacio cercano reservado al efecto. Como en esta época el pueblo contaba con unas 150 familias, a cada una le tocaba el turno un par de veces al año, sin embargo las viudas sin familia lo hacían una sola vez. Asimismo era el responsable durante toda la jornada del mantenimiento del fuego y por lo tanto estaba obligado a introducir la leña en el horno para conservar siempre la temperatura precisa. Igual que el hornero, también recibía su pago por este trabajo: un pan por cada treintena amasada; pero el reparto de las poyas se hacía los sábados, entre todos los que habían participado durante la semana, con el fin de que fuera lo más equitativo posible, independientemente de las mujeres que hubieran amasado en cada uno de los días.

Adelgazar
Cada mujer acudía al horno con su cesta, que contenía unos treinta o cuarenta kilos de masa, todavía en proceso de fermentación, debidamente tapada con las marreguillas y los maseros. Para su trasporte hasta el horno a veces se servía de los palos, que es un armazón de madera abierto en el centro para llevar entre dos personas objetos troncocónicos, como por ejemplo la cesta al horno. Ya en el horno y con la ayuda de alguien, procedía a volcar el contenido de la cesta en uno de los diversos tableros de madera existentes al efecto, para proceder a la elaboración de los panes.
Se llamaba adelgazar al acto de ir cogiendo puñados de masa para trabajarla individualmente, añadiéndoles harina para que no se pegara a las manos y dándoles la forma que posteriormente habían de tener como panes de pintera, de cinta, de peineta, etc., dejándolos todavía entre pliegues que se hacían en los maseros, para que terminasen de fermentar de nuevo e individualmente y no se pegasen unos con otros. Las cañadas, aquí llamadas bollos, no se adelgazaban.
La pintera era un molde redondo de hojalata con figuras geométricas, formando las mil y una florituras que se le habían ocurrido al hojalatero en el momento de su fabricación. Iba provisto de un mango para poder presionar los dibujos del molde sobre la masa y dejar la marca inequívoca de su propietaria. O bien, independientemente, antes de ponerlos en las paneras cada mujer les añadía una marca, en base a pellizcos, rajas, canutos o cañas, a modo de firma, con lo cual se evitaba cualquier tipo de confusión en su correcta identificación.

La cocción
La panera consistía en una tabla gruesa de madera, que se empleaba a modo de bandeja con el fin de trasportar varios panes desde el tablero hasta la boca del horno de una sola vez. La masa de estos panes se colocaba sobre un lecho de harina mezclada con un poco de salvado con el fin de que los panes resbalasen con mayor facilidad al posarlos sobre la pala.
Los trabajos de vigilar la cocción y los de introducir y sacar los panes del horno con la larga pala los realizaba la hornera. En primer lugar depositaba el contenido de las paneras en la pala para introducirlos en el horno y posteriormente los sacaba una vez cocidos y los depositaba sobre las losas a la espera de que los retirasen sus propietarias.
Como colofón a la obra terminada se frotaban los panes con un trozo de astracán, que es la piel de un cordero nonato o recién nacido, muy fina y con el pelo rizado, previamente untado en aceite. De esta forma se le acentuaba a cada pan el brillo y la textura para hacerlo más apetitoso.
Además de los panes, también se hacían tortas, rollos, coscaranas, mantecados, tortas escaldadas, magdalenas, bizcochos, brazos de gitano o "culecas" de Pascua, pero esta repostería solamente llegaba a los hogares en fechas muy señaladas, principalmente en las Fiestas.

El carretero y carpintero
Restos de carros.
El tio Ignacio, ayudado por su yerno Adolfo, fue el último carretero del pueblo a quien yo conocí y ya era hijo de otro carretero: el tio Felipe Paricio. Ahora, después del paso del tiempo, me produce cierto placer evocar en mi memoria aquellos carros recién terminados, con los teleros pintados de colores, dominando el rojo y el azul y con arabescos en las varas, en los zoquetes del freno y en los travesaños. Como colofón, aparte de su hermosa terminación, era fundamental que al rodar, las ruedas emitiesen un buen sonido al girar sobre el buje. A esto se le denominaba "cantar" y más de uno reconocía a su carro, sin necesidad de verlo, por el canto que emitía al rodar. Además de carros, hacía puertas, ventanas y todo lo concerniente al trabajo de la madera, incluso los ataúdes para el viaje definitivo. 
Al cambiar las caballerías por los tractores desaparecen los carros y el taller de carretería lo reciclan a taller mecánico. Hoy, con la jubilación de Adolfo, incluso este taller puede darse por desaparecido.

El alguacil y pregonero
En el Fuero de Teruel se contempla este cargo público, que no oficio, con la denominación de sayón y era el encargado de notificar a los vecinos las órdenes del Concejo y del Juez y la de anunciar las mercancías que se le entregaban para su venta. Tenía una paga anual de 60 sueldos y por cada pregón "extra" percibía un dinero y una comisión sobre la venta de la mercancía. En el artículo 129 del referido Fuero se puede leer lo siguiente: "[...] cuando venda un moro, perciba de derecho doce dineros. De veinte carneros, ovejas, cabras, e incluso, de veinte machos cabríos, perciba doce dineros, y de un caballo doce dineros; de yegua, rocín o de toda bestia caballar, ocho dineros; de buey, vaca, asno o asna, seis dineros" (Cómo Teruel fue ciudad, Equipo de redacción, CAI 100, Zaragoza, 2000).
Hasta no hace muchos años aquí en nuestro pueblo funcionaba tal cual indica el Fuero de Teruel, si exceptuamos las remuneraciones y algunas de sus causas. Todavía recordamos a la tia Vicenta, nuestra típica "alguacila" de la mitad del siglo, cantando aquellos famosos bandos por todas las esquinas del pueblo, llamando la atención del vecindario por medio de su trompeta de sonido inconfundible, que hacía salir a la gente a las puertas de las casas para oír el contenido del pregón. Posteriormente la sustituiría la María o alguno de sus hijos.
Ya sólo se oyen pregones en contadas ocasiones y éstas para comunicar al personal de que algo se vende en la plaza.

El cartero
A principio de siglo se traía de Báguena la poca correspondencia que al pueblo llegaba. A partir de abril de 1933, fecha de inauguración del ferrocarril Zaragoza-Sagunto, la correspondencia se recibía por este medio, pasando el cartero a recogerla a Ferreruela de Huerva, al mismo tiempo que recogía la de Lanzuela y Bádenas. Los carteros de estos dos pueblos se desplazaban diariamente a Cucalón, donde recogían la que a cada cual correspondía. Durante muchos años, José Zarazaga fue el encargado de la cartería del pueblo  y a su muerte le sucedió su hijo Ramón, el cual fue el último cartero del pueblo. Con su jubilación desaparece la oficina y a partir de entonces el correo lo trae una furgoneta que hace el reparto a varios pueblos del contorno.

El sacristán

El cortante
Aunque en algunas partes de Aragón es conocido como matachín o mataire, en esta zona donde se asienta nuestro pueblo, al matarife siempre lo hemos denominado "el cortante". Y el tio Cortante era el apelativo que empleábamos en Cucalón para referirnos al tio José López, el último cortante de Cucalón y cuyo oficio desaparece con la despoblación. A partir de esa fecha, las pocas familias que quedan residentes, si todavía desean manipularse el tocino a la vieja usanza, lo compran ya muerto en los mataderos cercanos y con ello se evitan el engorro de su crianza a lo largo del año.

El esquilador
El último esquilador de caballerías fue el tio José Pellejero. Les recortaba la pelambre por ambos lados del lomo hasta la mitad de la barriga y en las ancas y la cola les hacía unos dibujos geométricos que embellecían la estampa del animal.
Los esquiladores de ovejas eran equipos de cuatro o cinco personas que venían de Lagueruela o de la Ribera
*, para lo que se necesitaban unas máquinas especiales movidas por manivelas, accionadas por chicos jóvenes con fuertes brazos. Un peón o el mismo dueño del ganado, iba trabando las ovejas por las patas, de una en una y las recogían los oficiales limitándose a raparlas con la máquina esquiladora, que situada en la punta de unos brazos articulados por rótulas, facilitaba el recorrido del cuerpo de la oveja inerme como si la estuvieran dibujando, para sacar el vellón en una sola pieza.
Los últimos esquiladores venían de Alcalá de la Selva y éstos sólo esquilaban a tijera.
Era costumbre, que las casas que estaban de esquileo agasajaran a los visitantes con el "paniqueso", que aunque otrora fuese lo que su propio nombre indica, en la actualidad consistía en un trozo de torta, mantecado o magdalena y una copa de anís o mistela.

* Denominábamos Ribera a cualquiera de los pueblos de la orilla del Jiloca, como Báguena, Burbáguena, Luco, San Martín, etc.

El barbero
No todos los hombres tenían los utensilios necesarios ni los conocimientos precisos para afeitarse por sí mismos, por lo que era habitual que acudiesen a la barbería cada cierto período de tiempo. Estos períodos variaban con los individuos, en función de su poder adquisitivo, su juventud o su visión particular sobre el aseo y la higiene, pero la realidad es que, en general,  iban bastante mal afeitados. La última barbería, que también era la peluquería, fue regentada por José Salvo y sus hijos: Antonio, Emiliano y José.

El caminero
Era el encargado, dentro del término municipal, del mantenimiento y conservación de la carretera de tierra apisonada. En nuestro término veíamos al tio Victorino Conesa, el último caminero, en cualquier tramo de la carretera con sus utensilios habituales: espuerta de mimbre, pala y legona. Limpiaba las cunetas de hierbas y piedras, para que discurriese bien el agua de lluvia por su cauce y rellenaba los baches con tierra nueva que transportaba en su espuerta.
La pavimentación de las calzadas dio fin a este oficio.

El pelaire, sastre, zapatero...
Desde que tengo uso de razón, estos oficios ya habían desaparecido de nuestro pueblo, aunque quedaban los apelativos para denominar a las familias de sus descendientes. No obstante, algunos todavía quedaban en los pueblos circundantes, a los que acudíamos si era necesario.

Los ambulantes: hojalatero, estañador y
        paragüero, capador, afilador, fabricante de
        fideos, comediantes...
Los ambulantes era una tropa de gente que venía cada cierto período de tiempo a ofrecer sus servicios a la población. Algunos eran mendigos que vivían a medias entre su oficio y la caridad y pernoctaban en carromatos, pajares medio hundidos o en el pórtico de Santa Ana.
El más frecuente era el estañador que arreglaba estañando o poniendo parches, según el caso, a calderos, sartenes, ollas y fuentes esmaltadas de porcelana. A los pucheros de barro que por causa de algún golpe se habían rajado sin llegar a romperse, les ponía unas redecillas de alambre a su alrededor para hacerlos perdurar durante algún tiempo más.
Otro ambulante muy específico era el capador, el cual, solamente con su nombre, infundía en los niños un pánico ancestral propagado y acrecentado por los mayores. Se anunciaba con su chiflo denominado castrapuercas (R.A.E. - Silbato compuesto de varios cañoncillos unidos, que usan los capadores para anunciarse) y su trabajo consistía en castrar o capar los cerdos pequeños que se iban a criar en el año, para facilitar su engorde.
Los afiladores también se anunciaban con un silbato similar.
De vez en cuando venía un señor a ofrecer sus servicios para la fabricación de fideos e instalaba su máquina en la casa donde iba a trabajar, durante una mañana o un día entero, según la cantidad a fabricar. Los fideos en masa tierna que salían de su máquina, los colgaban sobre palos que se subían al granero para su secado.
Existía también una "troupe" de comediantes, titiriteros, saltimbanquis, húngaros con osos, monos y cabras amaestradas.  Y acudíamos aquella noche la mayor parte de los vecinos, principalmente los chicos y jóvenes, al salón del tio Manolo provistos de nuestros propios asientos a presenciar el espectáculo.
Otras veces, algunos de ellos nos proyectaban unas películas mudas de Charles Chaplin (Charlot), Buster Keaton (Pamplinas), Harry Langdon o Harold Lloyd, cuyos gag se prestaban al chiste fácil del cameraman que nos hacía reír abusando de toda nuestra ingenuidad  presta al asombro ante cualquier situación ridícula de los personajes.
Si lo analizásemos ahora, con la perspectiva y vivencias que da el paso del tiempo, probablemente nos parecería todo esto un tanto insignificante, pueril, ingenuo o simplón, pero en aquella época proporcionaba a nuestras vidas una nota de un color distinto al de la rutina diaria, tan monótona y aburrida, a la que estábamos irremisiblemente acostumbrados.

 


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