CERBÓN Y SUS GENTES
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CONTENIDOS

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La iglesia
(Silvia Calvo)

Peña
(Patricia Herrero)

Llegar a Cerbón
(Beatriz Marqués)

Una pasada
(Luis Ángel Marqués)

Vistas 3D
(Luis Ángel Marqués)

El Horno
(Beatriz Marqués)

Apuntes históricos
(Varias colaboraciones)

Arquitectura histórica
(Francisco Javier Jiménez)

Usos y costubres (La Fiesta)
Familia Calvo - Herrero

Maqueta de la Iglesia
(Oscar Herrero)

Juegos de antes
(Santos Marqués)

La matanza
(Beatriz Marqués)

Colaboraciones

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EL HORNO

– Rosana, deberías ir a la plaza para ver quien tiene que hacer pan mañana, porque andamos ya un poco escasos y solo tenemos para el desayuno y para que se lleve el pastor.

– Vale madre, en cuanto termine de recoger la alacena voy.

– No, vete ya porque ya se oyen las cabras.

A lo que Rosana se acercaba a la esquina de la casa de Vicente vio que ya estaban esperando varias mujeres, entre ellas Evarista, a la que todos temían que cogiera las pajas para que echase a suertes.
Estuvieron esperando durante un rato para ver si llegaba alguien más, pero como no fue así decidieron los que estaban echar a suertes para ver en qué turno le tocaba a cada uno hacer el pan al día siguiente.

Si hubiese sido un día en el que no hubiera más que dos o tres vecinos para hacer pan, con un solo turno habría sido más que suficiente, pero como se habían juntado seis vecinos tenían que hacer varias hornadas.

Como todos se imaginaban Evarista fue la que cogió pajas para ver cual de los dos grupos que se habían formado hacia la primera hornada y cual la segunda. El grupo que eligiera la paja más larga horneaba primero.

Siempre que ella amasaba prefería como todos el hacer la segunda hornada, ya que así no madrugaba tanto y no tenía que calentar el horno de primeras, sino que con poca leña ya se conseguía que cogiera la temperatura adecuada.

Así, cuando ella cogía las pajas para echar a suertes, siempre ponía la mano con las pajas de manera que la más larga le cayera más cerca de quien tenía que elegir, y así amasaría el otro grupo el primero.

La verdad es que no le servía de mucho, porque como todos conocían sus trucos, en vez de engañar a los demás, siempre salía perdiendo.

Una vez que estuvo la suerte echada, a Rosana le tocó en el grupo que amasaría primero al día siguiente, con lo cual tenían que encender el horno y calentarlo.

Cuando Rosana llegó a casa colocó encima de la artesa las varillas para poder hirmar en ellas el cedazo.



Artesa con varillas

Una vez colocado el cedazo cernió en él la harina.



Cedazos encima de las artesas

Sacó de la despensa la levadura que tenían guardada de la vez anterior que habían hecho pan. Esa levadura era un trozo de masa de pan de la última vez que se había hecho pan, puesto al amor de la lumbre en un recipiente para que subiera. Tenía el tamaño de media ambuesta (una ambuesta es lo que cabe en el hueco de las dos manos juntas). La deshizo en una artesa y la mezcló con agua, harina y sal, consiguiendo un volumen como el de una hogaza aproximadamente, para que subiera y al día siguiente pudiera amasar el pan.

A la mañana siguiente Rosana puso el agua a calentar para poder amasar todo el pan que necesitaban, pero antes de ponerse a ello, como era costumbre, fue a avisar a los otros dos vecinos que iban a cocer el pan con ella de que ya había puesto el agua a calentar. Esto se hacía para poder hacer todos el pan a la vez y no tener que estar esperando a alguien que se pudiera quedar dormido.

A la primera que fue a llamar fue a Silveria, que era la que más le solía costar el levantarse.

– ¡Silveria!, ¡Silveria! – llamó Rosana.

– ¿Quién llama?

– Soy Rosana, ya he puesto en el caldero el agua a calentar para amasar. Voy a avisar a Evarista.

– Vale, ahora mismo me levanto y pongo también a calentar mi agua, lo malo es que tengo que ir a por leña, porque está el hogar sin un tronco ni medio – contestó Silveria.

– Venga, hasta luego.

En cuanto hubo avisado también a Evarista volvió a casa y empezó a preparar todo para poder amasar el pan.

Subió al somero y mezcló la levadura que había preparado la noche anterior con la harina, el agua caliente y la sal necesaria para preparar toda la cantidad de pan que iba a necesitar.

Dejó hecha la masa y cogió un hato de aliagas y unas pocas taramas para llevarlo al horno y encenderlo.

Cuando llegó ya estaban Silveria y Evarista con su leña metida en el horno. Rosana metió su leña también y le prendieron fuego.

Dejaron la lumbre ardiendo y mientras se calentaba el horno volvieron a casa para “adelgazar” la masa. Rosana volvió a menear la masa y la hizo en trozos de unas 3 o 4 libras cada una y les dio forma de hogaza.
Conforme las iba haciendo, las iba poniendo en el tablero, que era una tabla con un reborde. Encima del tablero había colocado el masero, una tela blanca. Así, al colocar una hogaza, tiraba un poco de la tela para hacer un pliegue entre una hogaza y la siguiente y que de esa forma no se juntasen las masas.

Después de hacer todas las hogazas y colocarlas en el tablero, se puso un rodete en la cabeza y apoyó en él el tablero para llevarlo al horno.

Cuando llegó al horno todavía no estaban ni Silveria ni Evarista, así que Rosana empezó a limpiar el suelo del horno. Cogió el horguinero y retiró con él el rescoldo hacia uno de los extremos. Después con “el barbas” barrió la ceniza que no se había quitado con el horguinero.

– ¡Hola Rosana!, ¿ya has limpiado todo? – dijo Silveria cuando llegó con su tablero cargado de hogazas.

– Estoy acabando de darle con “el barbas” – le contestó Rosana – termina de darle tú, que llevo la espalda molida.

– Vale, trae que voy a volver a mojarle los trapos, porque ya estará cargado de ceniza.

Según estaba terminando de limpiar el horno, apareció Evarista con sus hogazas.

Empezaron a sacar las hogazas de los tableros a una palilla con rabo corto ayudándose de los maseros, con los que empujaban a las hogazas hasta colocarlas en la palilla. Cuando ya tenían la hogaza colocada en la palilla, deslizaban las hogazas a la pala grande para poder introducirlas en el horno. Una vez hubieron metido todas las hogazas en el horno lo cerraron y el pan se empezó a cocer.


Palilla


Pala

Como no se tenía un tiempo fijo para cocer una hogaza de pan, tuvieron que estar de vez en cuando comprobando cómo iba el pan de cocido.


Horno

Aprovechaban cada vez que abrían el horno para ahuecar las hogazas con la horcajada, para que así el pan se cociera mejor.


Horcajada

Además de las hogazas de pan normal, Evarista había llevado tortas de aceite, tortas con azúcar y tortas con chorizo y tocino.

Había veces que algún vecino, además de hacer pan común también hacía pan cenceño y bollos pequeños rellenos de tocino y chorizo para dárselos a los pastores que no eran de casa, a modo de agradecimiento o presente.

También para fiestas se preparaban magdalenas, tostones y mantecados con distintas recetas.

– Mira Rosana, creo que estas hogazas ya están cocidas – dijo Silveria – coge la horcajada para sacarlas del horno.

– Ahora mismo, – dijo Rosana – y vamos a darnos prisa en sacarlas porque mi madre ya estará esperándome para preparar la comida, además, están llegando los del segundo turno para volver a calentar el horno.

Rosana cargó todas sus hogazas en el tablero y se fue hacia casa acordándose de las tortas que había preparado Evarista. “La próxima vez que venga a amasar prepararé un par de esas tortas de azúcar además de las de aceite, ¡están mucho mejor!” – pensó.


En esta imagen Carlos nos representa cómo se colocaba el cedazo encima de las artesas y se cernía la harina.