. TUVO SU MAYOR VIGENCIA POR 1875 Y DESDE ENTONCES DECAYÓ HASTA DESAPARECER.
UNA LUCHA CON RAMOS BENDITOS
Era el Domingo de Ramos en Gijón y su concejo, como en otros lugares, un día señalado por su función religiosa. No solamentela celebfación litúrgica se procuraba que fuese lo más solemne posible, sino también la procesión denominada "de ramos", en conmemoración evangélica de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
Lo más notable del caso no era precisamente la procesión de ramos, sino más bien las grandes diemensiones de éstos. Y tal parece que rivalizaban entre los asistentes cuál había de llevarlo mayor.
Mas por si fuera poco esto, lo notorio de esta costrumbre en Gijón se relacionaba con lo que vino a llamarse "la ramascada", de uso antiguo, perpetrado en el paseo de San Pedro, hoy conocido por Campo Valdés, cuya mayor vigencia puede cifrarse hacia 1875, para luego declinar y olvidarse de esta costumbre definitvamente.

que recuerda hoguera sanjuanina y de las grandes. Porque es el caso que "ramos" lo son, pero se ofrecen ramas de árbol y arbolitos jóvenes talados, mas el abundante es el laurel, preferido para el día.
El domingo siguen vendiendo y los precios bajando, en competición con otros vendedores, y sus montones, disminuidos en tamaño, proclaman la buena o mala acogida de su mercadería y habilidad del imporvidado comerciante llegado de las aldeas del concejo. Otros, por el contrario, se trasladan a las aldeas próximas y se proveen del "ramo" necesario sin tener que adquirirlo en el mercado.
Poco a poco, los concurrentes a la "bendición de ramos" se concentran en el paseo de San Pedro. Vense personas mayores con ramos de pequeño o regular tamaño, según apetecia y gsto. Sin embargo, los muchachos, mozalbetes, mozos y aún hombrecitos, portan ramas tan grandes o arbolillos talados que les es difícil sostenerlos con decoro.Nótase la tendencia a llevar cada cual el mayor, como si de certamen se tratara; así que cada año, con el fin de no ser menos, cada cual se lleva el mayor "ramo" que puede y que a éstos dicen "ramascos".
Bendecidos los ramos por el celebrante, pronto se organiza la procesión y todos aquellos, en filas agrupadas, recorren las vías acostumbradas en orden y condierto, en silencio y devoción. Semejan bosque itinerante de laureles, selva animada, migración vegetal, que sobrecoge el ánimo por la demostración de fe sencilla del pueblo.
De vuelta al templo, no bien internados los celebrantes en el sagrado recinto, los acompañantes, con sus laureles, quédanse fuera y coienza a notarse como un revuelo, una agitación en las copas de aquel bosque bendito.
Las personas mayores y serias, poco amigas de bulla y demás, se salen de aquella selva diciéndose: !¡ Ya empieza la ramascada!", Y vanse, por lno decir que huyen, pues saben lo que ha de venir.
El sagrado bosque se convulsiona, como si el suelo donde estuviera asentadosufriera violento terremoto y los habitantes de aquel umbroso mundo estuvieran cogidos, agarrados cada uno a su árbol. estos mozos, como digo, abrazados al trnco de su árbol, que llaman ramasco y simulan que es ramo, comienzan a agitarlo como si de bandera se tratase. Chocan unas copas entres sí, cada vez con más violencia. Los portadores, hechos unos martes leñadores, luchan y golpean su ramasco al vecino mozo. Y de súbito comiénzanse a dar "ramascazos" cada vez más recios. Ofendidos y ofensores, acalorados por la refriega, pronto batallan y un alboroto grande se desata, con gritos e insultos, denuestos y diatrivas, supestas rivalidades entre ellos. El campo de la iglesia, hecho selva de urbanos salvajes, requiere autoridad que ponga coto a tales desmanes irreverentes de los que parecen poseídos del diablo oscuro de los bosques.
Serénanse las huestes y se retiran, Sólo quedan palpándose contusiones y restañando heridas algunos más de los que la conducta pública exige.
La "ramascada", costumbre sin razón en el Domingo de Ramos gijonés, librada en el campo de San Pedro, se termina por un año. Se repetirá al siguiente. Pasado el teimpo, poco a poco fue claudicando hasta llegar a desaparecer por completo.
Luis Argüelles
Publicado en EL COMERCIO, el 19/03/1982