A esta feria concurrían les marruques. Llamaban marruques en el concejo gijonés a las mujeres jornaleras, quienes para realizar labores del campo ofrecían sus servicios a los labradores.
La danza de les marruques se
verificaba los días de fiesta y mercado. Es uno de los extraordinarios
bailes de oferta de trabajo que desaparecieron de la villa gijonesa. Buena
moza, fuerte y de buena voz eran las prendas más apreciadas en una
marruca.
Empre les marruques acudían en el día de feria semanal que en Gijón todos los domingos del año se celebraba, hasta la aplicación de la llamada ley del descanso dominical. Al suprimirse el mercado de los domingos, pasó a celebrarse los sábados a los que acudían igualmente le marruques aunque siguieron acudiendo por rutina en las fiestas y domingos.
Estas se concentraban en la antigua plaza de Contracay. Eran les marruques mozas fuertes, bien plantadas y de aspecto saludable.
El comportamiento de les marruques durante el tiempo que duraba su oferta de trabajo era fuera de lo común. No formaban grupos, ni se mantenían apoyadas en pared alguna, sino que de continuo, cogidas de las manos, formaban un círculo y danzaban y danzaban sin interrupción, cantando al unísono un airo romance forzando la voz cada marruca para ser bien oída.
El romance más cantado era:
¡Ay! Un galán desta villa.
¡Ay! Un galán desta casa
.

Era danza esta de las mozas jornaleras, Era la danza de les marruques la cual no tenía fin. Danzar y danzar de continuo hasta que la demanda de trabajo durara.
Los rurales que se acercaban con el fin de contratarlas para las labores del campo miraban y remiraban una por una a les marruques y todos ellos guardaban silencio para oírlas cantar.
Después, a una seña del campesino dada a uno marruca,
ésta se desasía de sus compañeras y comenzaban el regateo
de jornal y otras ventajas.
Entretanto, seguía la danza de les marruques restantes.
Si no llegaban a un acuerdo, la moza volvía a la rueda, y seguía
cantando y danzando hasta nueva demanda.
Y es que el campesino, decidido a contratar una marruca, había de escoger la fuerte, sana, buena moza y con buena voz. Porque las principales prendas de una marruca eran salud, fortaleza y voz, que la belleza en esto no contaba.
Si lo primero se entiende fácilmente, lo último tiene su explicación. Y esta no es otra que la marruca, en la endecha, ha de llevar el son de los cantos de labor, y así animar a cuantos en el trabajo unidos cumplen la misión de sallar, o arrendar, o coyer el pan. Eran, al cabo, el yeldu del trabayu.
Si bien es cierto que su jornada labora era larga, no es menos cierto que su jornal no era menguado, pues variaba desde dos reales hasta cuatro, además de la manutención. Y esto en la segunda mitad del siglo pasado.
NO todas eran contratadas para labores del campo, sino que las ajustaban también para criaes en casa del labrador. Pero a éstas se les daba, además de los jornales dichos, bien uno camisa de llino, o buenos escarpinos, ya unes madreñas, o bien alguna que otra prenda como un sayu o un pañu; una, dos o varias prendas, según el ajuste.
De lo que se desprende que el trabajo de las criadas era mejor retribuido que el de les marruques pal campo a pesar de su especialización de trabajo y campo. ¿Cuán grande sería el trabajote estas mozas sirvientas en casa de un campesino!. Porque, a decir verdad, habían de servir para todo.
Aquí en Gijón, les marruques que danzaban en la
plaza de Contracay procedían
del concejo de Siero la mayor parte de ellas. Aunque también acudían
desde otros concejos limítrofes, pero en menor número.
Se conocieron también marrucos, jornaleros en el campo, mas éstos tenían otra manera de comportamiento y merecen nota aparte.
Es necesario, por su importancia, comentar la consecuencia de estas contratación de marruques de Siero en el concejo gijonés. Este fenómeno de contratación laboral dio como consecuencia la difusión de cantos de labor, cosadielles, cuentos, narraciones y otros, en este concejo procedentes del de Siero.
No es raro, pues, lo que se observa: que desde la danza circular llamada prima, hasta cantares de labor y otras manifestaciones de tradición oral sean comunes en gran parte del concejo de Gijón con el de Siero.
Hoy ya nadie recuerda la danza de les marruques. La danza de buenas mozas, de buena voz, de buena salud y de buena voluntad.
La primera vez que oí hablar de les marruques fue en Cefontes de Cabueñes, a Maria Cifuentes Rubiera, octogenaria, hace muchos años, cuando, siendo rapaz, pasaba los veranos en aquella amena aldea.
Luis Argüelles
Publicado en El Comercio
El 3 de julio de 1985