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UNOS
GAITEROS GIJONESES DEL SIGLO XVIII
Por Luís Argüelles
UN MOLINERO Y UN ENTERRADOR FORMABAN LA PAREJA
Se tiene por opinión ierta la suposición de que hace siglos
abundaban aquellos que, de una manera más o menos pofesional, como
músicos populares tañían gaita y tambor.
Más cuando estos rumores se quieren documentar comienzan las dificultades
para poder mantenerlos como cierto. Así que pongamos un ejemplo.
Una fuente que socorre con facilidad a cuantos averiguadores hay no es
otra que el tan conocido Catastro del Marqués de la Ensenada, y
que en esta ocasión usaremos para la villa gijonesa. Utilizaré,
para los curiosos que desean conocer más detalles en la citada
fuente, dos guarismos: el primero corresponderá a la respuesta,
el segundo al inciso; las demás fuetes irán indicadas abreviadamente
en el texto. Escojo precisamente esto porque nos valdrá para lo
dicho, y anotar una carta de Jovellanos a Ponz que nos pondrá en
escena a nuestros gaiteros.
GABRIEL
MENENDEZ, TAMBOR, PREGONERO Y ENTERRADOR
Gijón, como las demás poblaciones, tenía su pregonero
que anunciaba al vecindario bandos, avisos oficiales y particulares, como
otra información de interés para cuantos en la villa vivían
En la villa gijonesa se convocaba a redoble de tambor y no con corneto
o cuerno, como en otros lugares de Asturias, que para ello pagaba el Regimiento
poco más de quince reales vellón semanales a Gabriel Menéndez,
que como tambor pregonero le tenía asalariado (25:22/32:129)
Como, sin duda, el salario de vocero oficial no daba para mucho y tiempo
había para otros menesteres, dedicábase también al
oficio de enterrador en la parroquia de San Pedro, única entonces
en la villa, por cuyo trabajo escaso, que muchos vecinos no había
-no más de 2.450 en todo el concejo (21:1) - tenía asignados
ciento ciento cincuenta reales de vellón al año (32:120)
Más como la familia pide ingresos con qué atender mejor,
aprovechaba su habilidad de tambor para asistir como profesional a las
festividades y funciones, de las que , entre unas y otras, obtenía
un montante de setena y dos reales de vellón anuales (32:129).
Así que Gabriel Menéndez hacía unos ingresos de novecientos
cincuenta y dos reales al año, los cuales podría considerarse
no menguados, si lo comparamos con los taberneros, ya que Julián
González Calleja, propietario de la mejor taberna de vinos de la
villa, ganaba seiscientos reales (29:1) y los expendedores de sidra quinientos
(29:14 y ss.) ciertamente sustanciosos si consideramos los ingresos don
Joaquín de Hurquía, único médico de la villa,
que era de mil quinientos reales anuales (32:43). Puede considerarse,
pues, que nuestro tambor Gabriel Menéndez era hombre pudiente y
popular como pregonero, tambor, músico y enterrador.
FRANCISCO
MARINO, GAITERO Y MOLINERO
El gaitero de Gijón, único que había en la villa
a mediados del siglo XVIII, y es posible que el primero de nombre conocido
entre los gijoneses, se llamaba Francisco Marino.
Ejercía su oficio porque sabía tañer la gaita con
gusto en las festividades y con aceptación de los populares; tanto
es así que era llamado a otros lugares fuera del condejo, lo cual
indica que no solamente era buen profesional de la gaita, conocedor de
misas y otras funciones, sino también de danzas y bailes solista
y acompañante del divo de turno. Toda esta actividad artística
de nuestro Francis Marino le reportaba unos ingresos de doscientos reales
(32:127).
Pero nuestro gaitero popular ejercía también una industria
saneada, famosa por sospechosos ingresos, según rumorea el pueblo,
porque los molineros jamás apearon la matraca de la sonsaca y la
sisa declamada por convecinos
Digo esto porque nuestro gaitero tuvo molino de dos molares arrendado
en la parroquia de San Pedro del Fresno, en el concejo gijonés,
a su propietario don Juan Francisco de las Sala, vecino de Gijón.
Los beneficios de esta industria harinera le representaban al año,
maquila a maquila -según propia declaración de utilidades-,
38 fanegas, de las que 19 entregaban al amu, es decir, que
lo partían por igual (17:13). La especie convenida era el maíz.
Naturalmente, se guardó muy bien de poner de manifiesto lo que
le quedaba por barreduras para la casa..
Estas 19 fanegas representaban 244 reales de vellón, según
estimación hecha en 1752.
Por tanto, tenía unos ingresos anuales por linero y gaitero, oficialmente,
de 444 reales de vellón; es decir, 508 r.v. menos que su compañero
con quien formaba pareja en las solemnidades y regocijos.
Lo que confirma, una vez más, que por maquila no se pasaba el raseru
igualmente para pagar que para cobrar. Estos tan pícaros como útiles
molineros tenían costumbre de limpiar les mueles dacuando;
piedras y caja, como además con les barredures del baranzal
con qué engordar al gochu.
NOTA A LA CARTA VIII DE JOVELLANOS A PONZ
Considerando
la fecha y noticias contenidas en el Catastro del Marqués de la
Ensenada (Archivo del Ayuntamiento de Gijón), extendido entre 1752
y 1754, y considerando lo anotado por Jovellanos en su carta VIII a Ponz,
sabiendo que éste abandonó su villa natal a los trece años,
debemos sospechar que la pareja formada por Francisco Marino, gaitero,
y Gabriel Menéndez, tambor, estaban el día de San Miguel
de Contrueces en donde se describen los hechos.
Es interesante todo ello por cuanto complementa con pintura feliz el ambiente
folklórico en que se desenvolvía nuestra pareja de músicos.
LA
ROMERÍA DE SAN MIGUEL DE CONTRUECES
En los días de San Fernando y San Miguel se celebraba feria de
ganados en el termino de Contrueces, de la parroquia de Ciares
(Catast. 29:64).
En la inmediaciones de la ermita de Nuestra Señora de Contrueces,
patrona de Gijón ( que no la de Begoña, como quieren aparentar),
se celebraba la romería (Jovellanos a Ponz VIII; Diarios 2.jn.1973),
donde se colocaban a la redonda tiendas, toneles de sidra y vino desde
la tarde anterior y romeros que asisten a vísperas forman pabellones
para pasar la noche que se pasa toda en bailes y gresca a orilla
de una gran lumbrada que hace encender el mayordomo de la fiesta, resonando
por todas partes el tambor, la gaita, los cánticos y gritos de
algaraza y bullicio Al alba llegan nuevos romeros atraídos
por la devoción, la curiosidad o el deseo de divertirse. Después
de rendido el culto todo el mundo se da a la negociación y al tráfico,
que llena el espacio de la mañana hasta la hora de la comida, que
se hace a la sombra de los árboles. Después de haber sesteado
se disponen las danzas, que sirven de ocupación al resto de la
tarde. Sigue diciendo Jovellanos: Era yo bien niño cuando
el ilustrísimo señor don Julio Manrique de Lara, obispo
entonces de Oviedo, se hallaba en su deliciosa quinta de Contrueces inmediata
a Gijón, el día de San Miguel. Celebrábase allí
aquel día una famosa romería y las mozas, como para festejar
a su ilustrísima, formaron su danza debajo de los mismos balcones
de palacio. El buen prelado, que estaba en conversación con sus
amigos, cansado de guirigay y de la bulla de las cantiñas, dio
orden para que hicieran retirar de allí las danzas. Sus capellanes
fueron ejecutores del decreto, que se obedeció al punto, pero las
mozas, mudando de sitio, bien no tanto que no puediesen oírlas,
armaron de nuevo su danza, cantando y recantando esta nueva letra que
su ilustrísima celebró y oyó con gusto desde su balcón
gran parte de la tarde:
El
señor obispo manda / que s´acaben los cantares; / primero
s´an d´acabar / obispos y capellanes.
Allí, sin duda alguna, estaban Francisco Marino y Gabriel Menéndez
tañendo gaita y tambor, y testigos, igualmente de la anécdota
que recordaba Jovellanos siendo niño.
Con todo ello hemos dado noticia de una pareja de gaiteros de mediados
del siglo XVIII gijonés, y anotación a la VIII carta de
Jovellanos a Ponz. Y al mismo tiempo cumplir con lo prometido de historiar
gaitas y gaiteros en la Península Ibérica, como vengo haciendo.
Luís Argüelles
El Comercio 12/04/1981
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