Las últimas se oyeron hace unos cuarenta años, tañidas por mendicantes, en los merenderos gijoneses

julio 2005

Óleo de Isabel S. Polo. Sala de exposiciones

Daniel S. Polo
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LA FLAUTA DE CANILLA
UN INSTRUMENTO POPULAR TOTALMENTE OLVIDADO

Por Luis Argüelles

Si entre los tubos que para la construcción de flautas ofrece el reino vegetal se registran la corteza de árbol, el saúco, o bien la cañavera, también el reino animal dispone de tubos rectos para flautas procedentes, generalmente, de huesos de mamíferos, como también curvos como los cuernos, o bien caracolas marinas para otros instrumentos.

 

El preferido aquí para estas flautas construidas con hueso, según parece, es el procedente de una pata delantera de cabra o cordero.
Dijeron los latinos tibia, que recuerda tubo y que en romance parece caña y más fácil canilla.Por eso aquéllos pudieron decir tibiam inflare, tibia canere, o bien tibia utricularis por gaita de odre.
Naturalmente que tibia llegó a significar, por lo general, lo que en español decimos, por lo común, flauta, aunque en una y otra lengua haya algún equívoco que el contexto aclararía en su caso, ya que, en principio, tanto tibia como canilla, en una y otra lengua, para la nomenclatura musical pudiera valer tan sólo como tubo en significado genérico.
Bien es cierto que los naturales de este país donde escribo no mencionan el vocablo tibia, harto anatómico y clásico, sino que con “un güesu de pata” les basta.
Y por ser entero el hueso, tal como se obtiene, y no tallado en torno ni en partes injertadas, se dicen flautas de canilla por estar construida con ella. Pues canillas, referido a huesos, no son más que los largos de las piernas y los brazos en el hombre, como también las de las patas de los animales. Concepto éste común castizo y recogido por la Academia.
Estas flautas verdaderas construidas de un hueso largo, procedente de pata de animal, fueron comunes en muchos pueblos y no sólo en la cultura europea, sino en otras distantes y sin relación aparente, como en las americanas.
Antaño, en Asturias, cosa común debieron ser, más por razones aún no suficientemente probadas, fueron desechándose en beneficio de las rectas vegetales. Tal vez su retraimiento pudo haber sido la sospecha de heterodoxia debido al “aprovechamiento supersticioso de las facultades del ser a quien perteneció, o bien el “aparente mal gusto” que supondría llevar un hueso a los labios sin que valiera la consideración, aunque tardía, de la “candidez del buen salvaje”, en su caso, o ya por alguna calificación negativa.

No obstante, en las zonas de Cangas de Onís y limítrofes, así como por Siero y colindantes, hasta nuestros días se construyeron (según resultado del muestreo), recibiendo allá el nombre de faluta y aquí el de xiblata. Pero en el concejo de Gijón, aún por los años cuarenta últimos, viéronse tañidas por mendicantes que ejercía su cuestación por los merenderos del Piles y otro tanto podría decirse por Oviedo y Avilés.

SU CONSTRUCCIÓN

Según los informantes José Blanco, de Sariego y José Ramón Crespo, de Gamonedo, que demostraron tener mayor conocimiento sobre el particular por hacerlas siendo jóvenes y haberlas visto construir a sus mayores, puede afirmarse que las hacían, preferentemente, con el hueso de pata delantera de cabra o cordero.
Provistos del hueso, algunos seccionaban los extremos, obteniendo así un cilindro. Otros, por el contrario, lo conservaban entero, contentándose con perforar los extremos. Limpio el tuétano, lo asoleaban para que se secara bien y no oliera mal posteriormente. Practicaban un corte en bisel a un extremo de la canilla y el hueco del hueso lo tapaban con cera, dejando una vía al soplo para que “xiblara”. Otros ponían un “maderín” cuidando dejar la necesaria vía.
Una vez hecho lo anterior, se practicaban los agujeros en número de cuatro o cinco, siguiendo una línea recta que parte del bisel. Se templaba como de costumbre, “de oreya”, probando y aumentando el diámetro de los agujeros hasta lograr el “son” apetecido.
Y he aquí la flauta de canilla terminada.
Esta flauta de canilla de cabra no ha sido entre los instrumentos populares, al menos en estas regiones, mimados por la fortuna, habiéndose en la actualidad prácticamente perdido, no sólo su uso, sino la práctica de su construcción.
Mas, a pesar de todo, este instrumento podría recuperarse para bailes y danzas del país, como se ha hacho con la “gaita de Següenco”, de semejante digitación y así sustituir, hasta donde se pueda, las dulces de importación comercializadas y construidas en serie, extrañas al folklore de esta y otras regiones, no sólo por su intensidad, sino por su tono y timbre.

Publicado en EL COMERCIO
1982

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