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Las obsesiones borgianas: los espejos, los
laberintos, los tigres, el tiempo, su admiración por ese Buenos Aires malevo y cuchillero
nos llevaron a componer este espectáculo.
En Borges a través del
espejo los textos
recitados y musicalizados nos introducen en el amplio mundo del escritor argentino. Como
la poesía de Borges, la música trasciende los límites de las calles de ese Buenos Aires
que amaba tanto. Las obras musicales, que son originales para este espectáculo, han sido
compuestas por Gabriel Alejo Jacovkis (bajo eléctrico, canto y recitados) y Agustín
Martínez (clarinete y recitados).
Programa
Nubes
II (Recitado y clarinete) (Música: Agustín Martínez)
Al
espejo (Bolero) (Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
Buenos
Aires (Suite)
(Música: Agustín
Martínez)
Límites
(Recitado)
Melongue (Milonga instrumental)
(Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
A mi
padre (Vals)
(Música: Gabriel
Alejo Jacovkis)
El
remordimiento (Recitado y bajo eléctrico)
(Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
1964 (Tango)
(Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
Los
espejos (Recitado y bajo eléctrico)
(Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
Milonga del muerto (Milonga)
(Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
El
suicida (Recitado, clarinete y bajo eléctrico)
(Música: Agustín Martínez)
El
condenado (Recitado y clarinete)
(Música: Agustín Martínez)
El sur (Tango-vals)
(Música: Gabriel Alejo Jacovkis)
Tankas
(Candombe)
(Música: Gabriel Alejo
Jacovkis)
POEMAS
Nubes (II)
- Por el aire andan plácidas montañas
- o cordilleras trágicas de sombra
- que oscurecen el día. Se las nombra
- nubes. Las formas suelen ser extrañas.
- Shakespeare observó una. Parecía
- un dragón. Esa nube de una tarde
- en su palabra resplandece y arde
- y la seguimos viendo todavía.
- ¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura
- del azar? Quizá Dios las necesita
- para la ejecución de Su infinita
- obra y son hilos de la trama oscura.
- Quizá la nube sea no menos vana
- que el hombre que la mira en la mañana.
-
Los conjurados
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AL ESPEJO
- ¿Por qué persistes, incesante espejo?
- ¿Por qué duplicas, misterioso hermano,
- El menor movimiento de mi mano?
- ¿Por qué en la sombra el súbito reflejo?
- Eres el otro yo de que habla el griego
- Y acechas desde siempre. En la tersura
- Del agua incierta o del cristal que dura
- Me buscas y es inútil estar ciego.
- El hecho de no verte y de saberte
- Te agrega horror, cosa de magia que osas
- Multiplicar la cifra de las cosas
- Que somos y que abarcan nuestra suerte.
- Cuando esté muerto, copiarás a otro
- y luego a otro, a otro, a otro, a otro...
-
El oro de
los tigres
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BUENOS AIRES, 1899
- EL ALJIBE. En el fondo la tortuga.
- Sobre el patio la vaga astronomía
- Del niño. La heredada platería
- Que se espeja en el ébano. La fuga
- Del tiempo, que al principio nunca pasa.
- Un sable que ha servido en el desierto.
- Un grave rostro militar y muerto.
- El húmedo zaguán. La vieja casa.
- En el patio que fue de los esclavos
- La sombra de la parra se aboveda.
- Silba un trasnochador por la vereda.
- En la alcancía duermen los centavos.
- Nada. Sólo esa pobre medianía
- Que buscan el olvido y la elegía.
-
Historia de la noche
BUENOS AIRES
- Antes, yo te buscaba en tus confines
- Que lindan con la tarde y la llanura
- Y en la verja que guarda una frescura
- Antigua de cedrones y jazmines.
- En la memoria de Palermo estabas,
- En su mitología de un pasado
- De baraja y puñal y en el dorado
- Bronce de las inútiles aldabas,
- Con su mano y sortija. Te sentia
- En los patios del Sur y en la creciente
- Sombra que desdibuja lentamente
- Su larga recta, al declinar el día.
- Ahora estás en mí. Eres mi vaga
- Suerte, esas cosas que la muerte apaga.
-
El otro, el mismo
BUENOS AIRES
- Y la ciudad, ahora, es como un plano
- De mis humillaciones y fracasos;
- Desde esa puerta he visto los ocasos
- Y ante ese mármol he aguardado en vano.
- Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
- Me han deparado los comunes casos
- De toda suerte humana; aquí mis pasos
- Urden su incalculable laberinto.
- Aquí la tarde cenicienta espera
- El fruto que le debe la mañana;
- Aquí mi sombra en la no menos vana
- Sombra final se perderá, ligera.
- No nos une el amor sino el espanto;
- Será por eso que la quiero tanto.
-
El otro, el mismo
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Limites
- De esas calles que ahondan el poniente,
- Una habrá (no sé cuál) que he recorrido
- Ya por última vez, indiferente
- Y sin adivinarlo, sometido
- A Quién prefija omnipotentes normas
- Y una secreta y rígida medida
- A las sombras, los sueños y las formas
- Que destejen y tejen esta vida.
- Si para todo hay término y hay tasa
- Y última vez y nunca más y olvido
- ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
- Sin saberlo, nos hemos despedido?
- Tras el cristal ya gris la noche cesa
- Y del alto de libros que una trunca
- Sombra dilata por la vaga mesa,
- Alguno habrá que no leeremos nunca.
- Hay en el Sur más de un portón gastado
- Con sus jarrones de mampostería
- Y tunas, que a mi paso está vedado
- Como si fuera una litografía.
- Para siempre cerraste alguna puerta
- Y hay un espejo que te aguarda en vano;
- La encrucijada te parece abierta
- Y la vigilia, cuadriforme, Jano.
- Hay, entre todas tus memorias, una
- Que se ha perdido irreparablemente;
- No te verán bajar a aquella fuente
- Ni el blanco sol ni la amarilla luna.
- No volverá tu voz a lo que el persa
- Dijo en su lengua de aves y de rosas,
- Cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
- Quieras decir inolvidables cosas.
- ¿Y el incesante Ródano y el lago,
- Todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
- Tan perdido estará como Cartago
- Que con fuego y con sal borró el latino.
- Creo en el alba oír un atareado
- Rumor de multitudes que se alejan;
- Son lo que me ha querido y olvidado;
- Espacio y tiempo y Borges ya me dejan.
-
El otro, el mismo.
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A MI PADRE
- Tú quisiste morir enteramente,
- La carne y la gran alma. Tú quisiste
- Entrar en la otra sombra sin la triste
- Plegaria del medroso y del doliente.
- Te hemos visto morir con el tranquilo
- Ánimo de tu padre ante las balas.
- La guerra no te dio su ímpetu de alas,
- La torpe parca fue cortando el hilo.
- Te hemos visto morir sonriente y ciego.
- Nada esperabas ver del otro lado,
- Pero tu sombra acaso ha divisado
- Los arquetipos últimos que el griego
- Soñó y que me explicabas. Nadie sabe
- De qué mañana el mármol es la llave.
-
La moneda de hierro
-
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-
El remordimiento
- He cometido el peor de los pecados
- que un hombre puede cometer. No he sido
- feliz. Que los glaciares del olvido
- me arrastren y me pierdan, despiadados.
- Mis padres me engendraron para el juego
- arriesgado y hermoso de la vida,
- para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
- Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
- no fue su joven voluntad. Mi mente
- se aplicó a las simétricas porfías
- del arte, que entreteje naderías.
- Me legaron valor. No fui valiente.
- No me abandona. Siempre está a mi lado
- la sombra de haber sido un desdichado.
-
La moneda de hierro
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1964 (II)
- Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
- Hay tantas otras cosas en el mundo;
- Un instante cualquiera es más profundo
- Y diverso que el mar. La vida es corta
- Y aunque las horas son tan largas, una
- Oscura maravilla nos acecha,
- La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
- Que nos libra del sol y de la luna
- Y de el amor. La dicha que me diste
- Y me quitaste debe ser borrada;
- Lo que era todo tiene que ser nada.
- Sólo me queda el goce de estar triste,
- Esa vana costumbre que me inclina
- Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
El otro, el mismo.
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Programa
Los espejos
- Yo que sentí el horror de los espejos
- No sólo ante el cristal impenetrable
- Donde acaba y empieza, inhabitable,
- Un imposible espacio de reflejos
- Sino ante el agua especular que imita
- El otro azul en su profundo cielo
- Que a veces raya el ilusorio vuelo
- Del ave inversa o que un temblor agita
- Y ante la superficie silenciosa
- Del ébano sutil cuya tersura
- Repite como un sueño la blancura
- De un vago mármol o una vaga rosa,
- Hoy, al cabo de tantos y perplejos
- Años de errar bajo la varia luna,
- me pregunto qué azar de la fortuna
- Hizo que yo temiera a los espejos.
- Espejos de metal, enmascarado
- Espejo de caoba que en la bruma
- De su rojo crepúsculo disfuma
- Ese rostro que mira y es mirado,
- Infinitos los veo, elementales
- Ejecutores de un antiguo pacto,
- Multiplicar el mundo como el acto
- Generativo, insomnes y fatales,
- Prolongan este vano mundo incierto
- En su vertiginosa telaraña;
- A veces en la tarde los empaña
- El hálito de un hombre que no ha muerto.
- Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
- Paredes de la alcoba hay un espejo,
- Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
- Que arma en el alba un sigiloso teatro.
- Todo acontece y nada se recuerda
- En esos gabinetes cristalinos
- Donde, como fantásticos rabinos,
- Leemos los libros de derecha a izquierda.
- Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
- No sintió que era un sueño hasta aquél día
- En que un actor mimó su felonía
- Con arte silencioso, en un tablado.
- Que haya sueños es raro, que haya espejos,
- Que el usual y gastado repertorio
- De cada día incluya el ilusorio
- Orbe profundo que urden los reflejos.
- Dios (he dado en pensar) pone un empeño
- En toda esa inasible arquitectura
- Que edifica la luz con la tersura
- Del cristal y la sombra con el sueño.
- Dios ha creado las noches que se arman
- De sueños y las formas del espejo
- Para que el hombre sienta que es reflejo
- Y vanidad. Por eso nos alarman.
-
El hacedor
-
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Programa
-
MILONGA DEL MUERTO
- Lo he soñado en esta casa
- entre paredes y puertas.
- Dios les permite a los hombres
- soñar cosas que son ciertas.
- Lo he soñado mar afuera
- en unas islas glaciales.
- Que nos digan lo demás
- la tumba y los hospitales.
- Una de tantas provincias
- del interior fue su tierra.
- (No conviene que se sepa
- que muere gente en la guerra)
- Lo sacaron del cuartel,
- le pusieron en las manos
- las armas y lo mandaron
- a morir con sus hermanos.
- Se obró con suma prudencia,
- se habló de un modo prolijo.
- Les entregaron a un tiempo
- el rifle y el crucifijo.
- Oyó las vanas arengas
- de los vanos generales.
- Vio lo que nunca había visto,
- la sangre en los arenales.
- Oyó vivas y oyó mueras,
- oyó el clamor de la gente.
- El sólo quería saber
- si era o si no era valiente.
- Lo supo en aquel momento
- en que le entraba la herida.
- Se dijo No tuve miedo
- cuando lo dejó la vida.
- Su muerte fue una secreta
- victoria. Nadie se asombre
- de que me dé envidia y pena
- el destino de aquel hombre.
Los conjurados
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-
El suicida
- No quedará en la noche una estrella.
- No quedará la noche.
- Moriré y conmigo la suma
- del intolerable universo.
- Borraré las pirámides, las medallas,
- los continentes y las caras.
- Borraré la acumulación del pasado.
- Haré polvo la historia, polvo el polvo.
- Estoy mirando el último poniente.
- Oigo el último pájaro.
- Lego la nada a nadie.
-
La rosa profunda
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El condenado
Una de las dos calles que se cruzan puede
ser Andes o San Juan o Bermejo; lo mismo da. En el inmóvil atardecer Ezequiel Tabares
espera. Desde la esquina puede vigilar, sin que nadie lo note, el portón abierto del
conventillo, que queda a media cuadra. No se impacienta, pero a veces cambia de acera y
entra en el solitario almacén, donde el mismo dependiente le sirve la misma ginebra, que
no le quema la garganta y por la que deja unos cobres. Después, vuelve a su puesto. Sabe
que el Chengo no tardará mucho en salir, el Chengo que le quitó la Matilde. Con la mano
derecha roza el bultito del puñal que carga en la sisa, bajo el saco cruzado. Hace tiempo
que no se acuerda de la mujer; sólo piensa en el otro. Siente la modesta presencia de las
manzanas bajas: las ventanas de reja, las azoteas, los patios de baldosa o de tierra. El
hombre sigue viendo esas cosas. Sin que lo sepa, Buenos Aires ha crecido a su alrededor
como una planta que hace ruido. No ve __ le está vedado ver__ las casas nuevas y los
grandes ómnibus torpes. La gente lo atraviesa y él no lo sabe. Tampoco sabe que padece
castigo. El odio lo colma.
Hoy, trece de junio de mil novecientos
setenta y siete, los dedos de la mano derecha del compadrito muerto Ezequiel Tabares,
condenado a ciertos minutos de mil ochocientos noventa, rozan en un eterno atardecer un
puñal imposible .
-
Historia de la noche
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El sur
- Desde uno de tus patios haber mirado
- las antiguas estrellas,
- desde el banco de
- la sombra haber mirado
- esas luces dispersas
- que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
- ni a ordenar en constelaciones,
- haber sentido el círculo del agua
- en el secreto aljibe,
- el olor del jazmín y la madreselva,
- el silencio del pájaro dormido,
- el arco del zaguán, la humedad
- -esas cosas, acaso, son el poema.
Fervor de Buenos Aires
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TANKAS
- 1.
- Alto en la cumbre
- Todo el jardín es luna,
- Luna de oro.
- Más precioso es el roce
- De tu boca en la sombra.
- 2.
- La voz del ave
- Que la penumbra esconde
- Ha enmudecido.
- Andas por tu jardín.
- Algo, lo sé, te falta.
- 3.
- La ajena copa,
- La espada que fue espada
- En otra mano,
- La luna de la calle,
- ¿Dime, acaso no bastan?
- 4.
- Bajo la luna
- El tigre de oro y sombra
- Mira sus garras.
- No sabe que en el alba
- Han destrozado un hombre.
- 5.
- Triste la lluvia
- Que sobre el mármol cae,
- Triste ser tierra.
- Triste no ser los días
- Del hombre, el sueño, el alba.
- 6.
- No haber caído,
- Como otros de mi sangre,
- En la batalla.
- Ser en la vana noche
- El que cuenta las sílabas.
El oro de los tigres
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